Acerca de mi más reciente poemario

“Resistir la sumersión”, aguantar la respiración y la sensación de ahogo. Penetrar las emociones. Atreverse a mirarlas de frente, a explorarlas, a ponerlas bajo el microscopio (para saber de qué están hechas). Palparlas con las dos manos, conocer su dimensión y su peso; resistirlas sin importar que duelan: permanecer en ellas para que el texto surja. Ese es mi método. Esa es mi clase de literatura y mi taller de creación; eso es lo que les repito a mis alumnxs, lo que les enseño, que la literatura se hace de retazos de unx mismx, de la vida y que extraerlos cuesta y duele y que sólo por eso vale, por eso y por lo que viene después, el trabajo de hacerlos algo más que un grito desgarrado, el trabajo de pulirlos como diamantes preciosos para que buscando esa belleza, hagamos catarsis todxs…
Mi madre murió a los 48 años. De cáncer en la lengua. Yo nunca me detuve. No dejé de ir al trabajo, ni a la universidad. No dejé de salir, de viajar, de ver a lxs amigxs. No dejé de escribir. No le dije nada a nadie en cuatro de los cinco años que estuvo con la enfermedad. No me detuve cuando murió. Fue un martes. El jueves fui a la escuela y una maestra me gritó que me saliera del salón porque ya tenía dos faltas. Me fuí. No quise explicarle. Tenía veintiún años y no quería que me tuvieran compasión, privilegio, comprensión, lástima: quería que fueran mis amigxs, que se enamoraran de mí, que me invitaran a beber y a bailar, que la vida siguiera… Corrí. Me enamoré de una mujer, se lo dije a todo el mundo, se escandalizaron. Me salí de mi casa. Jugué a la casita. Fui a España con mi hermana. Terminé con la mujer. Bebí de miércoles a domingo. Bailé de jueves a sábado. Viví siete casas en cinco años. Hice fiestas lésbicas. Di clases en decenas de escuelas y empresas. Publiqué dos libros. Fui maestra, mesera, bartender, editora, reportera, traductora, correctora. Di talleres, leí a Helene Cixous, incorporé a mi ideología y discurso el choro de la sumersión: y, en todos esos años, ocho, para ser exacta, jamás mencioné la palabra “cáncer”.
Cangrejo es un libro que como un géiser salió de mis entrañas con toda fuerza y me perforó. En él pude resistir de una vez por todas la experiencia, intocada e inaceptada, de la enfermedad y muerte de mi mamá. Dieciocho poemas brevísimos que abarcan la angustia, la frustración, el dolor y la pérdida paulatina -desgarradora- tanto de su presencia y protección, como del hogar que había formado.
Cangrejo no da ninguna esperanza de recuperación, ninguna concesión, ningún aliento. Tampoco coloca a nadie como protagonista heroica de “la batalla contra el cáncer”. Es un vómito de químicos diagnósticos y discursos; un libro que el mundo no necesita pero sin el que hoy, yo no podría seguir viva.
Nunca pensé en que este libro se publicara, fue la insistencia de mi esposa y mi editora la que lo hizo posible. Su presentación significa para mí el más grande reto a la sumersión, resistencia y autoexploración literaria que haya llevado a cabo hasta ahora, pero lo recibo de buen grado porque fue como debía ser (la maestra es maestra porque no teme ser eternamente alumna, eternamente a prueba).
Quienes hoy tienen acceso a este texto, están invitadxs a este ejercicio -si es que esta advertencia no lxs ha del todo ahuyentado-, a compartir conmigo esta lectura pública y privada, a conocerme rota y entera, como soy, en esta ocasión única: la presentación de este poemario de amor doloroso, intitulado Cangrejo.

Lxs espero, con todo cariño
Artemisa