La despedida

Una tarde, después de la escuela, acompañé a mamá a un funeral. Había muerto el esposo de una de sus compañeras de trabajo. Llegamos temprano a la iglesia de Tlacoquemécatl, estaba cerrada y no había llegado nadie todavía, así que dimos varias vueltas por el parque. Después de un rato vimos que la iglesia ya había abierto y fui a asomarme para ver si estaba la caja ahí. Dentro había una mujer transgénero que se desbarataba en llanto. Yo, por supuesto, nunca había visto una.


Era muy alta y varonil, tenía el pelo castaño y los ojos verdes, una minifalda dorada brillante y una chamarra corta de cuero negro. Se tapaba la boca con un pañuelo de papel y sus sollozos y quejas hacían eco en las altas paredes del templo. Salí, no dije nada.


Cuando llegaron los deudos, intercambiaron breves saludos con el pequeño grupo que los esperaba y la viuda, acompañada de su hijo mayor fueron inmediatamente a decirle que se retirara. Como se negó, discutieron y él la encaminó hasta la reja puerta atrio. La misa comenzó y ella se quedó allá afuera, parada junto a la reja.


Mi madre viendo mi asombro, me apretó muy fuerte de la mano y repitió varias veces “pobre, pobre persona”; por algún motivo supe que no lo decía porque estaba llorando. Hasta ahora no sé qué relación tenía esa mujer con el señor que había muerto o con su familia, pero nunca voy a olvidar el desprecio con que el que trató a esa chica toda esa “buena gente de Dios”.